Lo que no me deja dormir es pensar qué va a pasar con mi algoritmo, ese que, según dicen, sabe más de mí de lo que sabía mi madre o mi mujer, que al igual que el Dios del catecismo del padre Ripalda, sabe lo que estoy pensando y deseando en cada momento. ¿Qué pensará de mí mi algoritmo ahora que está en manos de otro? El libertino salvaje que robó mi identidad resultó ser un vulgar promotor de bitcoins que manda mensajes diciendo que yo me compré una camioneta Escalade gracias a mis inteligentes inversiones. Peor aún: Si, como dicen los apocalípticos, no soy yo quien rige al algoritmo sino el algoritmo el que me rige a mí, ¿seré otro yo ahora que alguien más, un libertino salvaje de pésimo gusto, dé likes y views en ni nombre? Dios se apiade de mi algoritmo.