El investigador relacionó las exigencias de una armadura capaz de facilitar el vuelo y proteger frente a ataques con los resultados obtenidos en el laboratorio. Las simulaciones indicaron que ese núcleo reducía el pandeo a gran escala de las diminutas barras y retrasaba el fallo, permitiendo que las estructuras soportaran deformaciones mayores. El ADN dejó así de funcionar únicamente como molde temporal y pasó a intervenir en el diseño mecánico de la arquitectura. Las pruebas se extendieron después al tungsteno y al indio, además de estaño y platino, y alcanzaron asimismo óxidos metálicos y semiconductores. El objetivo era convertir el ADN en una plataforma de construcción capaz de controlar la forma de materiales con propiedades mecánicas y electrónicas, además de abrir posibilidades ópticas.