Eso significa que una cantidad enorme de riqueza está a punto de cambiar de manos precisamente en un momento en que resulta extraordinariamente difícil crear nueva riqueza mediante el trabajo. Las reformas neoliberales de los años ochenta desmantelaron en todo Occidente la lógica anterior, provocando particularmente una ruptura en el canal que vincula el crecimiento de la productividad con el crecimiento salarial. Y, naturalmente, el cambio de manos dentro de una familia es una forma de reproducir en el tiempo esa desigualdad. El resultado es un entorno de crecimiento mucho más débil que el de todos los periodos anteriores. Como consecuencia, el capitalismo occidental está en una deriva decadente tal que el trabajo (y el salario) es cada vez menos importante y, sin embargo, lo es mucho más el aguijón especulativo que, paradójicamente, hace más pobre y débil a la economía.