Hay unas horas del día, en los meses de julio y agosto, especialmente en lugares como Murcia, en las que los centros comerciales se convierten en el único refugio civilizado que le queda a una ciudad que arde más allá de sus puertas como el séptimo infierno. La gente entra huyendo de los cuarenta y pico grados a la sombra y se deja mecer por el frío artificial y por la música que no pretende siquiera competir con el ruido de fondo, se deja mecer por la promesa de que allí dentro no pasa nada, no puede pasar nada, porque este es el sitio donde uno viene a hacer la compra y a matar el tiempo. Según las crónicas periodísticas, no hubo nada que pudiera oír nadie o que alertara a los comercios de al lado; nada que rompiera ni por un segundo la coreografía de consumo que sucedía a muy pocos metros de distancia. Cuando terminó, bajó la persiana, le escribió un mensaje a un compañero para avisarle de que no se acercara, de que dentro estaba ella, y se marchó camino de Granada, como quien cierra el turno y se va a casa. Gloria tenía cuarenta y cuatro años y una hija de cinco.