Los recientes acontecimientos ocurridos en Ceuta nos están llevando a muchas reflexiones y reacciones, de todo tipo. Comenzando por la inicial sorpresa y las críticas a la falta de reacción política -notablemente en materia de acogida digna de las personas migrantes y de seguridad ciudadana-, hasta el miedo, enfado y preocupación de una parte de la ciudadanía ceutí, pasando por el tremendo drama de la pérdida de unas 140 vidas de personas que solamente querían vivir mejor y creían que aquí, o sea, en España y Europa, podrían hacerlo. Lo cierto es que ha ocurrido y, como cada vez que asistimos a llegadas masivas de inmigrantes y a muertes sin sentido, se despliega una batería de reacciones, en todos los terrenos. Llevamos muchos años debatiendo sobre las migraciones y, particularmente, sobre el destino de las personas que llegan hasta nuestra tierra buscando una vida mejor, algo a lo que, como nosotras, tienen legítimo derecho. Cierto es que, sin embargo, aún no hemos resuelto ni las razones originarias de estas migraciones ni sus consecuencias, sobre todo las más tremendas.