Uno de los rasgos más preocupantes de la política contemporánea reside en la expansión de la presencia de Gobiernos autoritarios, surgidos en la mayoría de los casos de elecciones legítimas. Es un hecho que, en términos formales, la democracia puede conservar sus procedimientos y perder, paulatinamente, la estructura cultural que la hace posible: el reconocimiento de que ninguna mayoría, ningún partido y ningún gobernante posee por sí mismo la verdad ni el monopolio de la agenda pública. La declaración de Donald Trump dirigida a las agrupaciones consideradas por su gobierno como “narcoterroristas”, mediante la cual afirmó: “vamos a matarlos”, revela el verdadero alcance del dispositivo: quien controla la clasificación controla también el umbral entre la vida protegida por el derecho y la muerte administrada por la fuerza. La democracia requiere una verdad abierta a la prueba, a la refutación y al diálogo; exige instituciones capaces de proteger la palabra que incomoda. Ese es quizá el mayor peligro de nuestro tiempo: que la violencia comienza mucho antes de que se disparan las armas, y eso inicia con la monopolización de la verdad y de la construcción de los discursos que la posicionan en el espacio público.