A la vuelta de San Ildefonso, en la calle de Colombia, funcionan la redacción y los talleres del semanario El Hijo del Ahuizote. Entre ellos estaban los que protegían una libertad especialmente incómoda para el poder: la de expresarse, escribir, publicar y criticar. Diez semanas después el local fue nuevamente cerrado y Ricardo y Enrique Flores Magón, Juan Sarabia y varios de sus compañeros enviados a prisión. Lo sabía muy bien Rodolfo Caloca, quien durante más de tres décadas ejerció ese oficio desde las páginas de El Informador y que acaba de dejarnos. Porque mientras una sociedad conserve la libertad de afilar el lápiz y dirigirlo, desde los medios de comunicación y sin miedo, hacia quienes ejercen el poder, su Constitución seguirá respirando.