Hoy ocurre lo contrario: somos los mexicanos los que sostenemos a Pemex. Sin embargo, la extracción constante de recursos debilitó su capacidad de inversión, deterioró su infraestructura y acumuló pasivos laborales y financieros que hoy ahorcan a la empresa. Después vino un revés político que volvió a situarla en el centro de una idea de soberanía basada en el control estatal de casi toda la cadena en el sector. En los últimos años, el gobierno ha reducido la carga fiscal a la empresa, ha aportado capital, cubierto vencimientos y canalizado recursos para atender sus obligaciones. Sale del balance de la empresa y entra al balance del Estado.