La de un extraordinario contador de historias que sabía que recordamos mejor una buena anécdota que una buena teoría. Que antes de diseñar soluciones hay que entender las estructuras, los incentivos, la historia, la cultura y los sistemas que producen esos resultados. Me recuerda que el verdadero valor no está en tener muchas ideas, sino en resolver problemas reales y que la pertinencia importa tanto (o más) que el talento. Entendía que las leyes importan, pero que las costumbres suelen durar mucho más que las reformas. Gracias, al gran pensador, David Konzevik, por las historias, por las preguntas y por el tiempo.