Recuerdo que desplegué el póster sobre la cama, a la espera de que llegase mi padre para colgarlo en la pared. Lo había conseguido abajo, en la tienda de ultramarinos, y en él aparecían unas vacas con su pastor vestido a la manera tirolesa. Luego había carreteras, casas de pueblo y camiones que salían y entraban de la fábrica del Colacao. Fueron doce disparos a cañón tocante. Ni tan siquiera tuvieron el detalle de cerrarle los ojos al bueno de Ahmed, que murió en el acto.