Tenía que cubrir el acto por el cincuenta aniversario de los últimos fusilados por el franquismo, en Murcia. Se celebraba frente a la tumba de José Luis Sánchez-Bravo y caímos por allí un solo periodista -yo-, un sol de justicia, un fotógrafo que echó dos fotos, me guiñó el ojo y con un chascarrillo de imbécil me dijo que disfrutara escribiendo. Conmigo, dieciséis partidos comunistas diferentes, dos diputados de Podemos, uno de la PAH, sindicalistas, la de Dios allí en heterogeneidad, pero no éramos más de cuarenta personas y no dejábamos de ser los de siempre: el problema de la izquierda es la búsqueda constante de la singularidad. Me quedé un rato pensando en que si morirse ya es malo, imagina morirte aquí y que lo que quede de ti en este mundo yazca para siempre junto a un tendido eléctrico y que la fábrica de Estrella Levante al fondo sea el verdadero monumento. Un monolito emanante de olor a malta y metal caliente.