En un momento dado se ve movimiento en la puerta del cuartel, y una pequeña escolta se sitúa por delante de un furgón. En la puerta, varios coches y jeeps de la policía y la Guardia Civil. Grandes manchones de sangre en el pecho, en una pierna y en la cara, que no ocultaban el reconocible bigote que todos habíamos visto en las fotos previas. El coronel da las órdenes oportunas y los enterradores del cementerio y los soldados, con no poco trabajo, bajan los ataúdes a las fosas. Lo hacen después otros familiares y abogados, y hasta el coronel, el teniente y el sargento hacen el mismo gesto.