Su sola presencia modificaba el ambiente: las conversaciones se ralentizaron, las miradas convergieron en ella y, de algún modo, el tiempo parecía transcurrir más despacio. Estar con ella significaba sentir que el futuro era posible. Tenía la rara virtud de sembrar semillas en cada persona que la escuchaba: semillas de ilusión, de compromiso, de acción. Atreverse a proclamar en los años sesenta que los chimpancés usaban herramientas, que tenían culturas propias, que mostraban personalidades diferenciadas, que sentían emociones complejas y que poseían una inteligencia innegable no solo era innovador, era arriesgado. Lo hizo con la delicadeza y la humildad que la caracterizaban, pero también con una firmeza interior que la sostenía frente a las críticas.