Así narraba El Fisgón, en agosto de 1840, en el diario El Nacional, la escena de una boda en el madrileño barrio de Lavapiés. Antes de que el tren llegara a la ciudad, en 1855, la navaja de Albacete ya tenía renombre. El libro para percibir sus personajes, para adivinar un asunto más que para leerlo, y la navaja para abrir el libro o para cortar la fruta que apaga la sed que surge en los viajes”. Navaja literariaEn aquel tiempo, la Asociación de la Prensa de Albacete premió un trabajo literario en el que su autor procuraba superar la tristeza: “Navajas de Albacete. Y si no es suficiente, siempre nos quedará el filo de la verdad en los versos de Juan José García Carbonell: “Servía la navaja para todo: / para sacarle punta al tranco / para afilar el lápiz, / para el corcho rebelde, / para el tocino magro, / para mondar naranjas, / para mojar la sopa en caldo, / para pelar patatas, / arreglar el gazapo, / cortar el nudo, / despegar la caja, / y poner un cartón en los zapatos.