El mundo vuelve a ser lo que era antes de que la intelectualidad occidental proclamara el fin de la Historia. Regresó la guerra en Europa, el aumento del gasto militar, las tensiones comerciales, el cuestionamiento de las organizaciones internacionales y el desprecio a sus reglas, la prepotencia de las autocracias y los cuasi-autócratas, los ataques a la democracia y los liderazgos populistas. Con él se proclamó el definitivo y universal triunfo de la democracia liberal y la economía de mercado. Se forjaron consensos económicos generales: la globalización y el libre comercio, la independencia de los bancos centrales, el Estado de Derecho y la separación de poderes, la necesidad de reducir los déficit públicos y la aportación a las organizaciones internacionales. El clásico primum vivere, deinde filosofare, primero el bolsillo y el estomago y luego la democracia, se erige como un hecho constatable.