La política de la enemistad permanente simplifica el tablero electoral a una opción binaria y moralista: el bien absoluto contra el mal absoluto. En una guerra civil permanente, la separación de poderes, la independencia judicial y la legitimidad de los procesos electorales son vistas como obstáculos que impiden la victoria total. Cuando la confianza en las reglas del juego se destruye, la política se desinstitucionaliza y regresa a un estado de naturaleza hobbesiano, donde solo prima la fuerza retórica, el control de la narrativa y la coacción. La ciudadanía experimenta una profunda fatiga democrática al ver que la política se ha convertido en un espectáculo de trincheras que no resuelve sus problemas cotidianos. Esta desconexión genera tres consecuencias claras en la sociedad: Cinismo político, abstención electoral, apatía informativa.