Baste un ejemplo: alguna vez comparó a los parapolíticos recluidos en la cárcel de La Picota ¡con los prisioneros del campo de concentración de Auschwitz! Jacques Gilard reaccionó con una reseña feroz en la que acusó tanto a Mendoza como a la editorial Norma de publicar una “versión falsificada del libro” y de desconocer la voluntad expresa de la autora respecto de cómo debía editarse su obra. Y es entonces cuando aparece la pregunta crucial: ¿qué derechos nos asisten a los vivos para corregir la voluntad de los muertos? Entre la voluntad del autor, los derechos de los herederos, el interés de los lectores y las exigencias de una edición responsable casi nunca existe una solución que deje satisfechas a todas las partes. Ese mecanismo se observa con particular frecuencia en los escritores que recorren el camino que va de la izquierda hacia la derecha.