La verdadera pobreza comienza cuando la indiferencia sustituye a la cercanía y cuando el silencio termina ocupando el lugar reservado durante siglos a la conversación. Durante mucho tiempo se creyó que el progreso consistía únicamente en incrementar la comodidad, la rapidez y la capacidad de elección. Quizá por eso la soledad no nace únicamente de la falta de compañía, sino de la experiencia mucho más profunda de sentirnos invisibles. Se premia la exposición permanente, la velocidad de las opiniones y el éxito inmediatamente reconocible, mientras se relegan virtudes tan discretas como la paciencia, la fidelidad o la capacidad de permanecer junto a quien atraviesa un momento difícil. Conviene recordar que la soledad no puede abordarse exclusivamente como un problema sanitario o estadístico.