La respuesta es bastante más incómoda: la culpa no se distribuye de forma equitativa porque tampoco se construye igual en todos los cerebros. El problema aparece cuando deja de ser una señal y se convierte en una identidad: “he hecho algo malo” se transforma en “soy una mala persona”. Con el tiempo, la culpa puede convertirse en un reflejo automático. Quizá por eso la pregunta más interesante no sea quién siente más culpa, sino qué hace cada persona con ella. Hay quienes necesitan aprender a responsabilizarse más y quienes necesitan aprender a dejar de responsabilizarse por todo.