Los que hubieron de marchar obligados lo hicieron tristes, por supuesto, tristeza que se acentuó cuando vieron el erial donde tendrían que vivir en adelante. Por si no se habían dado cuenta antes, comprendieron entonces que los habían expulsado del paraíso. Llevan ya veintiséis ediciones de una jornada anual denominada Versos a Oliegos, el nombre del pueblo que yace bajo las aguas del embalse. Esa iglesia alberga un trozo del retablo de la de Oliegos, trasladado en el transporte de entonces: un carro tirado por bueyes. Eso pasa también, y sobre todo, por las presas y pantanos.