A menudo vivimos en automático, asumiendo que el dolor, la ira o el miedo que experimentamos son dictadores absolutos que tienen el derecho de manejar nuestra conducta. Esta brecha entre sentir y juzgar me recordó la sabia parábola Zen de la taza de té hirviendo. El maestro sirvió una taza de té hirviendo y la sostuvo inmóvil en su mano sin beberla. No es el insulto lo que te agota, es tu negativa a soltar la copa”. Como nos recordaba Viktor Frankl, entre el estímulo y la respuesta hay un espacio sagrado donde habita nuestra libertad de elegir.