El mendigo –palabra más cruda y rotunda que sintecho, recomendada por el vocabulario solidario– dormía sobre un sucio revoltijo de mantas, encogido sobre sí mismo, abrazado a un perro también dormido que apoyaba con confiada ternura la cabeza sobre su brazo. En los cuadros, y sobre todo en las películas, los mendigos nos emocionan mucho más que en las calles. El mendigo ciego con un perro de Goya. Charlot junto a su perro o durmiendo utilizándolo como almohada en Vida de perro. En la realidad, la mayoría los ignoramos.