Y es que el ayuntamiento renunciará a cobrar alquiler por el suelo público donde se instalarán las tiendas, las eximirá del impuesto sobre bienes inmuebles e incluso sufragará las obras iniciales. Tan es así que, en el concurso para operarlas en régimen de concesión, los candidatos compiten por reclamar la menor subvención posible. Hasta aquí, empero, estaríamos ante un problema menor para el Ayuntamiento: una redistribución de la renta disfrazada propagandísticamente de gestión virtuosa. La prosperidad no se genera gestionando y agravando la escasez, sino fomentando la abundancia productiva que permita a todos consumir más. Pero como las políticas estatistas que persiguen la riqueza no promueven esa abundancia generalizada, sólo les queda redistribuir, y racionar, la miseria que sí generan.