La convocatoria era a las 21:30 y poco antes de la hora fue llegando, tímidamente y silla en mano, alguna que otra persona. En un momento dado, Juan dijo “empiezo yo” y así se arrancó con un relato en el que mezclaba ficción y la realidad del trabajo en los pozos de nieve como el que duerme unos metros más allá, detrás de la cercana ermita de La Soledad. Siguieron otros: José Luis con la trascripción de un enloquecido cuento para dormir que ha permanecido en su familia por varias generaciones; Antonio con la historia del gabarrerillo y la tortilla de patata, aunque añadiría otras a lo largo de la velada como la del fabricante de trillos o las luces flotantes en la noche. Se contó, pero también se charló y se reflexionó sobre el pueblo, las costumbres, los cambios y sobre la finísima línea que separa en los relatos la realidad y de la ficción. Porque, qué hermoso es charlar a la fresca dejándose llevar por las palabras, los recuerdos y las asociaciones de ideas.