Vivimos en una era de liberación sexual en la que el consentimiento parece haberse convertido en el único criterio válido: si hay acuerdo, todo vale. ¿No será que el verdadero constructo cultural es la idea de que la sexualidad puede reducirse al consentimiento, y no el pudor? Foucault interpretó el pudor y la regulación de la sexualidad como instrumentos de poder social. Ortega y Gasset subrayó que la intimidad es lo más radicalmente propio del individuo y, por ello, lo más delicado de exponer. Ahí reside su fuerza: por más que se intente arrinconarlo, vuelve una y otra vez para recordarnos quiénes somos.