Con el tiempo perdió un ojo y conservó una capacidad visual muy reducida en el otro, hasta el punto de tener que acercarse enormemente los papeles para leer. Marazuela aprendió a escuchar donde otros apenas percibían ruido: en las canciones de trabajo, en los romances transmitidos de padres a hijos, en las jotas de las fiestas y en el sonido penetrante de la dulzaina. Ese trabajo cristalizó en su cancionero, una obra fundamental para preservar el patrimonio musical de Segovia y de Castilla. Su verdadera recompensa sigue escuchándose cada vez que una dulzaina interpreta alguna de las melodías que él salvó del olvido. Fue mucho más que un recopilador: convirtió su oído, su memoria y su compromiso con la cultura popular en una forma de resistencia.