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Adiós a Juan Lebrón, el productor andaluz
['Manuel J. Lombardo', 'D. S.']
Europa Sur - Portada
Perdido el contacto personal que un día tuvimos cuando trabajaba para él y su productora La Punta del Diamante, por entonces instalada en la mejor casa del barrio de Santa Cruz y siempre repleta de ilustres visitantes, he seguido estos últimos años a Juan Lebrón a través del teléfono o las redes sociales, donde el productor antequerano (n.1953) de Sevillanas, Semana Santa y Flamenco, trilogía esencial de nuestro cine de no-ficción, iba dando cuenta de su batalla contra el cáncer y los acreedores para defender con uñas y dientes el control de su legado y reivindicar el justiprecio, económico pero también emocional y patrimonial, de sus producciones hechas desde Andalucía aunque siempre con vocación internacional y contando con los mejores profesionales y con los recursos técnicos más avanzados de una industria que se ha quedado con sus ideas pero que tal vez no ha sabido reconocerle lo suficiente su condición de pionero y su insobornable apuesta por la calidad cuando la calidad aún significaba algo en este sector, mucho antes de los nuevos formatos estandarizados y los contenidos globales de plataforma.
Lebrón se lamentaba y se cabreaba desde su pequeño y luminoso torreón roteño, frente a la Bahía de Cádiz, pero no dejó nunca de insistir en su particular y sostenido pulso contra los compromisos incumplidos y el ninguneo o la falta de más y mejor apoyo institucional, sabedor de que lo que tenía entre manos, lo ya hecho, entregado y reconocido pero también su impresionante archivo documental inédito aún por digitalizar, no era sólo de vital importancia para sacarlo de sus apuros financieros, sino también para poder preservar en las mejores condiciones posibles una imagen de Andalucía cada vez más encorsetada en el almíbar publicitario de la promoción turística o la postal tópica e insustancial.
Tozudo e incansable, valiente y peleón, nostálgico de su infancia de niño de Cinema Paradiso, como le gustaba describirse, y de los viejos tiempos y modos del oficio artesanal y la camaradería profesional, herido pero nunca derrotado salvo por la enfermedad que se lo ha llevado por delante, Lebrón no se contentó nunca con las migajas ni las ideas ajenas, no rebajó ni un ápice sus estándares de calidad ni se durmió en los laureles de la profesión de productor.
Hablar con él por teléfono era constatar que seguía soñando a lo grande, incluso demasiado, con proyectos ambiciosos y nombres tal vez inalcanzables, siempre al tanto de la industria y en contacto con la nueva realidad tecnológica y estética del medio en el que fue pionero en nuestro país desde los días de El hombre y la Tierra o Verano Azul, aquellas míticas series donde se curtió en pantalón corto junto a los mejores profesionales de la televisión española, una realidad que él mismo forjó con sus originales formatos y en los que siguió confiando hasta el final.
Toca hoy despedir con honores, agradecimiento y un viejo cariño personal a quien un día imaginó cuando nadie lo hacía unas películas que han forjado esa imagen de Andalucía que hoy malvenden los políticos de turno y de la que se apropian los mercachifles y gestores del audiovisual, al autor visionario de un breve pero exquisito catálogo y al guardián de un archivo precioso que merece preservarse y exhibirse para la memoria colectiva y el descubrimiento de la nuevas generaciones.