Pero hay un momento cuando una palabra que nació para describir una fortaleza comienza a sonar como una exigencia, incluso, como un sacrificio. Ciertamente, la resiliencia tiene una cara luminosa: es la fuerza que nos permite levantarnos después de una caída. Pero también tiene una sombra peligrosa: puede convertirse en la justificación para permanecer de pie en medio de una situación que exige ser transformada. La resiliencia auténtica no es bajar la cabeza ante la adversidad: es conservar la energía y la voluntad necesarias para cambiar aquello que debe cambiar. Porque la resiliencia debería ser un puente hacia la reconstrucción, no una habitación donde nos encerramos para siempre.