Al tirarme al agua desde la escaleras de la pasarela de Jondal me di cuenta de que me cayeron las gafas. Y en ese «only from Paris» vi su entrega sumisa, como si pudiera doblegar para mí su hermosa y gran ciudad y ésta fuera su prueba de su amor. Me miró y su mirada me devolvió al carcamal que soy, la espalda quemada, las gafas perdidas, cliente de un súper restaurante. Tenía la mirada como cuando las planchadoras tienden la colada a secar en las casas que tienen campos de lavanda. Mientras lo hacía pensé en lo ridículas que tantas veces me parecen sus precauciones, y en la burla que mi hija y yo hacemos del exagerado equipaje con que siempre carga aunque sólo dure una noche el viaje.