Son bagatelas, se nos dirá; pero las bagatelas son las ganzúas con que una época se nos mete en casa en plena noche. Duerman los artículos malos el sueño de la hemeroteca; los buenos, en cambio, merecen estocada, aunque la empuñadura sea de ceremonia. Pero tomar la finalidad industrial por naturaleza íntima equivale a confundir al cocinero con la cazuela porque ambos intervienen en el guiso. ¿O en esos adultos sollozantes que se enjugan el hocico en la oscuridad del cine porque llevan años haciendo exactamente lo mismo? Apagada la música y barrido el confeti, descubrimos que no era más que el siervo que, de tanto besar el hierro, acabó por encontrarle gusto.