Su casco histórico, reconocido como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, está configurado por un entramado de murallas, torres de vigilancia y tejados rojos. Las carreteras están en muy buen estado, apenas hay tráfico fuera de la capital y las distancias entre los principales lugares de interés son reducidas. Nada más dejar Tallin, el tráfico se diluye entre bosques que nos acercan a una Estonia más rural y menos digital. Sus once facultades y una veintena de museos reflejan una intensa vida cultural. No te pierdas el lago Peipus, la granja-museo Värska y la capilla de madera Serga Tsässon.