En 1985, la Fundación Juan March presentó a Rauschenberg en España, y no era cosa ahora de otra antológica. Era cuestión de honestidad: deseaba trabajar inmerso en la saturación de imágenes, la verdad de nuestra circunstancia. Lo que le ocupó siempre fue la frontera, llena de pasadizos, entre la representación y la vida. La intrusión de la vida en el arte que supuso la etiqueta de anís en la pintura cubista fue llevada así a una nueva dimensión que no añadía, sino que fundía la imagen con la misma superficie en la que el pintor había producido formas y gestos. Sin embargo, como en un interruptus de la factura artística, una y otra vez la realidad y el azar dejaban furtivamente su huella.