No solo de los padres, sino también de los hijos. Los pequeños son muy sensibles a las emociones de sus progenitores y aprenden a distinguir lo que está bien de lo que no lo está. Esa lectura emocional es fundamental en el proceso de aprendizaje y forma parte de lo que llamamos instrucción: enseñar con claridad qué conductas son aceptables y cuáles no. Hoy, las pantallas interfieren en la atención tanto de los padres como de los niños, sobre todo a partir de los 10 años. R. Es difícil determinar cuánto de nuestra salud mental depende de los padres, los hijos o la sociedad en la que vivimos.