El caso es que la ricina es una proteína, y eso la convierte en un texto, una secuencia de símbolos como las que maneja a diario ChatGPT. Y eso quiere decir que la ricina y otras toxinas mortíferas como la botulina (insisto, no hay venenos sino dosis) y la shiga pueden ser fuente de alimento, entrenamiento e inspiración para la inteligencia artificial. Y lo peor de todo es que los controles internacionales actuales solo detectan como peligrosas el 23% de esas secuencias. Pero el 20% de las firmas no usan ningún filtro, ni el viejo ni el nuevo. La principal razón de que no haya supertóxicos diseñados por IA en el mercado negro es que nadie parece haberlo intentado de momento.