Nos instalamos en el Big Rock con el encargo de mi abuela de cuidar y mimar a Rosi. En los años buenos de mi abuela, los fines de semana siempre había algún empleado invitado, normalmente con su familia. Mi abuela no se lo pensó dos veces cuando le dijo a Rosi que se irían juntas al Big Rock y en mi familia no nos resultó extraño que una trabajadora a punto de morir quisiera pasar gran parte de lo que fueron sus últimos días con nosotros. Nadie discutía la entrega a la empresa y la empresa no negociaba con la dignidad del trabajador. Todos en el Big Rock conocían a mi abuela y se volcaron con Rosi.