En los soportales del ayuntamiento del pueblo, vacío con ese aire de Prípiat de Ávila, se ha derrumbado por efecto del cansancio una docena de chicos y chicas. Llevan pañuelos al cuello con los que se tapan la boca, camisetas marcadas por los rastros blancos del sudor cuando se seca, botas que ya son todas negras y los antebrazos arañados como si hubieran peleado con un tigre. Parecería que los han tirado desde un quinto piso, pero están vivos y constituyen la reserva de los que, contraviniendo las órdenes, decidieron no salir por patas. Las que les preocupan son las que están en las lindes entre lo quemado y el mundo normal, una frontera que en cualquier momento podría moverse. Han sido los medios oficiales los que han ayudado al pueblo a apagar el incendio, no el pueblo el que ha ayudado a los medios oficiales».