El otro día aparecieron, en el fondo de un altillo que llevaba lustros sin ser abierto, cuatro viejas fotografías que me recordaron que hubo un tiempo feliz en el que algunos de mis mejores sueños todavía seguían intactos. Mi hijo mayor, con la misma edad pre gateante que ahora tiene mi nieto Miguel, jugaba con un teléfono rojo en el jardín de la casa de Antonio Herrero. Cuatro décadas después, aquellas cuatro imágenes siguen ahí, señalando con una precisión casi notarial los momentos que la familia decidió que debían inmortalizarse. Ninguna supuso ningún esfuerzo: ni el económico del carrete y el revelado, ni el artístico del encuadre, ni el selectivo del calendario. Se quedarán donde están, acumulándose en la nube como la ropa que se queda estrecha en el armario aguardando inútilmente que hagamos la proeza de adelgazar.