En todo caso, este era el final esperado y cabe dudar de que cientos de personas se embarquen creyendo que van a perder la vida. Ninguno de estas vías, sin embargo, permitía el lucimiento de los activistas, entre ellos la exalcaldesa de Barcelona Ada Colau, que ha utilizado como los demás el problema gazatí para cobrar protagonismo en medios y redes. La Flotilla, como la política exterior en Oriente Próximo, como el boicot a la Vuelta a España y tantas otras controversias artificiosas, fue la enésima cortina de humo de un Ejecutivo que pretende desviar el foco de las extremas dificultades por las que atraviesa. El efecto perverso de la Flotilla consiste en situarse en primer plano y dejar al fondo del escenario a quienes en rigor sufren el conflicto. Las peticiones legítimas de ayuda y la penosa situación que padecen los habitantes de Gaza han quedado sepultadas bajo montones de selfis, promoción en las redes sociales y escenas que cuando menos resultan hirientes para aquellos a los que la Flotilla pretendía socorrer.