“Hoy nos miramos para poder cuidar”, dice la anfitriona, y en el gesto no hay proclama sino una invitación a respirar. Se respira para anudar las palabras al pecho, para que no huyan ni se desborden. En cada encuentro se abre una puerta distinta y, al traspasarla, la vida cambia de luz. Se la escucha con los ojos cerrados y la espalda erguida, hasta que el murmullo se vuelve claro. A veces basta con escuchar para que la vida encuentre un cauce.