En la lógica de Donald Trump, la cultura no es un ámbito autónomo ni un contrapeso crítico, sino un escenario más en donde debe quedar grabado el nombre del líder. No fue un conflicto protocolario, sino simbólico: la negativa del mundo cultural a legitimar un poder que percibe como hostil a la pluralidad, la crítica y la autonomía creativa. Las reacciones del mundo del arte y del espectáculo han sido amplias y explícitas. En el Festival de Sundance, Natalie Portman articuló ese malestar al señalar cómo ciertos gobiernos erosionan el lenguaje democrático y convierten el miedo y el resentimiento en armas de control. No hace falta censura explícita cuando basta con imponer la lógica del apellido y la lealtad.