Dijo que regresarían los dos por mí y viviríamos juntos en la casa de Puerto Viejo, cerca de la playa. No me importaba la luna, no tanto como lo que pasaba en la casa, no tanto como mi madre que no podía distraerse. Después de eso, regresó a la Tierra sana y salva en una cápsula con paracaídas que disparó el cohete. Aunque el abuelo obvió contarme que la mataron dos meses después para que los científicos pudieran analizar su cerebro. No podía terminar nuestra historia todavía, pero los veranos se sumaron, los días, las nubes, las cigarras, el frío, los grillos.